Por increíble que parezca, así es. Un estudio que se realizó en sesenta restaurantes estadounidenses diferentes, demostró que cuánto mayor era el índice de masa corporal (IMC) del camarero, más comida pedían los clientes, fuera cual fuera su peso. Además, quedó claro que si la persona que servía era obesa, había más posibilidades de que los comensales pidieran bebidas alcohólicas o postres.

¿El motivo? Simplemente un comportamiento social, si la persona que nos sirve está delgada, “sería la mala conciencia personificada”. Algo parecido ocurre con el comportamiento de los que nos acompañan en la mesa, tendemos a adaptarnos automáticamente a los hábitos del resto, lo cual puede ser beneficioso o perjudicial.